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#SiEllosSupieran: Mi verdadera Noche de Entierro

#SiEllosSupieran: Mi verdadera Noche de Entierro

Ese día supe que ningún hombre me iba a querer más que mi papá.

Eran casi las 8 y él venía llegando a casa. Se estacionó en la entrada porque todo el patio trasero estaba ocupado por las niñas de mi salón que ensayaban la coreografía de baile para los juegos de intercurso. Repasaban la parte de “Noche de entierro”. Mi papá no se bajó del coche.

Tenía las luces delanteras encendidas y su mirada puesta sobre mí. La podía sentir. Me pesaba, casi tanto como los 15 años que llevaba pensando que no era el hijo que él soñaba tener. Corrí hasta él y bajó la ventanilla. Estaba borracho y llorando.

“¿Por qué, hijo? ¿Por qué? ¿Por qué tienes que estar con ellas?”, me preguntaba una y otra vez. Se secaba las lágrimas con una sola mano, mientras la otra sostenía el volante. Yo le pedía que se calmara, que todo estaba bien, que lo podíamos hablar después. Hasta hice el intento inútil de decirle que había otros niños también, que no era solo yo con ellas. “No me importan ellos, me importas tú”, me dijo. Luny Tunes, Tainy y yo estábamos conmovidos.

Cuando mi papá supo de mí, me sorprendió. A diferencia de mi mamá, mostró completo control. Tuvimos una conversación tranquila en mi cuarto, donde me preguntó un par de tonterías para llenar los silencios y cerró con un consejo, el cual recuerdo siempre: “Lo que quieras hacer con tu vida, es tu decisión; pero estudia. Estudia mucho y trabaja, trabaja bastante, para que nunca tengas que depender de nadie”.

Después de eso, no se habló más. De vez en cuando sentí que ciertos comentarios aquí y allá guardaban relación, pero jamás fue directo. Con el tiempo me percaté que no fue que lo manejó con calma, sino que no supo asimilarlo. Era como si prefería ignorarlo con la fe de que iba a desaparecer (no sé si la homosexualidad o yo).

Pero esa noche, con Daddy Yankee en el fondo preguntando “quién es el que te pone a vibrar”, mi papá no paraba de llorar. Verme rodeado de todas esas niñas lo quebró. Lo hizo confrontar lo que intentaba desconocer: que las muñecas en mi cuarto no eran una “fase”, que esos mensajes que encontró no tenían otra interpretación, que yo no iba a traer una novia a la casa.

Al final, decidió irse y volver más tarde. Lo escuché llegar, pero fingí estar dormido. A la mañana siguiente, me llevó al colegio mientras escuchábamos la radio. Me buscó al mediodía y solo se quejó de lo mucho que me tardé en salir. Cenamos juntos y, para variar, hablamos de Chávez y la inflación.

Si bien los autores de la mejor creación de reggaetón en la historia se refieren a “Noche de entierro” como sexo casual, en mi casa sí hubo un entierro esa noche. Cualquier interés de mi papá por mi vida emocional quedó bajo tierra, sin esperanza alguna de resucitar al tercer día (sobre todo porque ya han pasado más de 10 años).

Aun así, no le guardo ningún rencor. Eso se lo dejo a Ivy Queen que seguro aún no ha perdonado a Yandel por no dejarla cantar su estrofa de la canción en el Coliseo de Puerto Rico en 2008. En todo caso, entiendo y respeto mucho a mi papá. Es un hombre que aprendió a tocar el cuatro por oído, que creció rodeado de vacas y gallinas, que tiene una caligrafía envidiable gracias a mi abuela, que baila mejor cuando bebe, que se le enseñó que el hombre y la mujer van juntos porque así lo quiso Dios.

No es que no me quiera como soy, es que no sabe cómo querer esa parte de mí que aún no logra entender. Y capaz jamás lo haga. El simple hecho de que siga a mi lado, en su mundo, ya es un paso de gigantes.

Él no me llama para preguntarme si estoy feliz o si me enamoré, pero ha movido cielo y tierra cuando lo he necesitado. Les hablaba a todos sus conocidos con orgullo cuando obtuve mi primer trabajo en una agencia digital, aunque no tenía ni la mejor idea de lo que hacía. Soportó verme en una obra de teatro donde me llevaban en escena con una cuerda atada al cuello. Lloró conmigo por teléfono la noche antes de irme de Venezuela.

Cada vez que escucho a Héctor El Father decir: “Maria Lola, vete / que yo soy perro veinticuatro siete”, regreso a esa noche. A mi papá exigiendo una explicación, sin él saber que quien la obtuvo fui yo: a pesar de no saber manejarlo, verlo así me hizo saber que él me quiere como ningún hombre llegará a hacerlo. Porque el amor es más fuerte cuando está dispuesto a seguir adelante incluso con lo que no tiene la capacidad de afrontar.

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