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[Si Ellos Supieran] A orillas de una canción de reggaetón me senté y lloré

[Si Ellos Supieran] A orillas de una canción de reggaetón me senté y lloré

Cada 2 martes en Si Ellos Supieran ocurrirán 3 confesiones: una musical, una amorosa y otra personal. La música será la excusa para las historias de amor que me sacuden por dentro (y hasta me hacen crecer). Solo yo, Edmundo Bianchi, y las figuras públicas estarán por nombre y apellido. A los demás les bastará con verse reflejados, identificados, queridos y pensados.

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La primera vez que escuché A Ella de Karol G, lloré. Tenía, como pocas veces antes, el corazón roto.

Ni había llegado al coro y ya mi garganta se sentía como un nudo: “Ella te dio algo, mientras tú te arriesgabas / Yo te lo di todo, tú no quisiste nada”. Aunque yo vengo de la escuela de dependencia emocional de Shakira y la universidad del despecho de Adele, en ese momento pensaba que nunca nada me había sonado tan desgarrador.

Karol dice que escribió A Ella no para el hombre que le rompió el corazón, sino para la mujer con la que él decidió quedarse. De hecho, la segunda estrofa empieza con una afirmación lapidaria: “Tú no te mereces nada, no estoy hablando contigo / Ella se merece menos de lo que hiciste conmigo”.

Sin embargo, aunque no haya sido mercadeada así, la canción es para él también. Por haberla engañado, por escoger a otra, por no darle valor a lo que tuvieron juntos. Hay alguien lastimado en busca de un culpable. Aquí es cuando uno se para frente al espejo y se pregunta: “¿Por qué eres así?”.

Y es que no importa cuántas veces nos rompan el corazón, es como si no hay lecciones aprendidas. Porque si bien yo he sufrido por amor desde mucho antes que Britney y Justin terminaran, ¿qué me podía preparar para ese lunes acabar llorando por un hombre a las 9 y media de la mañana en mi oficina escuchando una canción de reggaetón?

Lo peor del asunto es que no hay una historia de película detrás de este incidente. Lo había conocido un sábado antes en una app desastrosa de enganche, pero yo sentía que había recibido una intervención divina: 38 años, director creativo en una agencia de mercadeo, colombiano, alto, encantador y con todos sus dientes puestos. Quedamos en cenar esa misma noche en un café de la Roma. No habíamos pedido la cuenta cuando yo ya había calculado en mi cabeza cuánto destinaría de mi sueldo para ir a su casa en Uber 2 veces a la semana. Una de las tantas manifestaciones posmodernas de amor.

Pero desde ese primer encuentro, ya la guerra se me había sido anunciada: entre trabajo y familia, me habló de sus exnovios. Y no me refiero a relaciones pasadas, sino a una relación que tuvo unos meses antes con 2 chicos más y que terminó porque uno de ellos lo intentó golpear. Yo, que crecí junto a un río y rodeado de monjas, por muy abierto que puedo ser, tengo conflictos con las relaciones abiertas y las poliamorosas. No porque me parezcan que están mal, sino que no siento tener la madurez emocional ni la piel lo suficientemente gruesa como para llevarlas a cabo. Por eso, puse a un lado el hecho de que me habló de sus ex en la primera cita y le expresé cuán valiente me parecía. No solo por la relación que tuvo, sino por saber cuándo fue necesario terminarla. Qué tonto fui.

Después de eso, fueron 7 días de entrega desmedida: el domingo fuimos al cine y me curó una herida del pie en su casa, el lunes le preparé arepas y le conté de mi mamá, el martes me llamó 4 veces y me contó de su mamá, el miércoles me enfermé y me llevó por una sopa, el jueves volvió a casa porque yo estaba triste y se quedó hasta que me dormí, el viernes me llamó unas 4 veces más. El sábado me invitó a almorzar, tomamos una siesta en su casa, me preparó té y justo cuando íbamos por tragos con mis amigos, en la puerta del restaurante, me dijo que sus ex le habían escrito temprano, que le revolvió muchas cosas por dentro y que se tenía que ir. Y se fue.

Al día siguiente, le escribí para hablar y me mandó un mensaje bastante largo agradeciéndome todo lo bonito, pero que tenía aún cosas que resolver. Ahí, me quebré. Con lágrimas en los ojos, le mandé un mensaje lleno de rabia y rencor. Me sentí engañado, traicionado por alguien que llegó a decirme que “le apostaba todo a esto”, pero al parecer tuvimos definiciones distintas de ese “todo”.

Luego entendí que él no me rompió el corazón solo; yo ayudé. La culpa era compartida.

Me fui de boca por alguien que dijo mucho, pero que no demostró lo suficiente. Que 7 días bastan para sentir cosas maravillosas, pero no para crear todo lo que yo creía posible. Que si él tenía cosas pendientes por solucionar, yo capaz tenía más. Conmigo mismo, con cómo afrontaba (y aún afronto) el amor, con cuánto necesito que alguien más me quiera para yo quererme también.

Llegar a estas conclusiones me tomó mucho tiempo, dinero de terapia y llamadas con mi mejor amiga. Decir que ya lo tengo todo descifrado sería una exageración. Creo que el viaje hacia adentro nunca termina y no sé cuánto he avanzado, pero lo que sí sé es que no soy la misma persona que esa mañana de junio se desmoronó cuando escuchó a Karol G cantar: “Ella jugó a darte lo que más querías / Yo jugué a creerte que nunca lo harías”.

Aunque ya conocía sus primeras canciones, con A Ella me declaré fan de Karol. A donde llego, me encargo de decir con toda la seguridad del mundo que Unstoppable es un disco de empoderamiento femenino, pero también emocional con el que sin darme cuenta, hallé mucho de mí para reconstruirme -incluso cosas que jamás hubiera imaginado que me pertenecían-. Porque si una canción de reggaetón me ayudó a sanar un corazón roto a mitad de mis 20, es porque no hay una sola forma de volver a florecer. Hay miles y todas valen.

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